Del campo a la mesa: los calçots como la mejor definición del tiempo sin prisa

Cada invierno, todos volvemos a reunirnos para hacer exactamente lo mismo: saborear el olor de los calçots a las brasas con la primera cerveza, debatir si usar guantes o no y sentarnos alrededor de una mesa sin mirar demasiado el reloj.

Hay tradiciones que no necesitan reinventarse.

Quizás nos gustan tanto las calçotadas porque nunca son solo una comida. Nos atreveríamos a decir que el secreto nunca fueron los calçots, si no el fuego lento y la sobremesa.

Son una excusa para reunirse, para cocinar juntos, para mancharse las manos, para compartir una botella de vino y descubrir, una vez más, que las mejores conversaciones siempre empiezan cuando nadie tiene prisa por levantarse de la mesa.

Aunque tradicionalmente se asocian al campo, hoy basta una terraza, una mesa larga y buena compañía para mantener viva la tradición. No importa si sois seis personas o treinta.

En Entretemps nos gustan los planes que transcurren entre platos que van pasando de mano en mano y entre esas sobremesas que se alargan hasta que empieza a caer el sol.

Porque, al final, una calçotada nunca va solo de calçots.


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